Chikungunya in Cuba

La beca, el exilio y el hombre nuevo

La beca, el exilio y el hombre nuevo
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 25 de Junio de 2017 – 11:44 CEST. | 1
Archivado enAleida Guevara Cuba Educación Exilio

Aleida Guevara. (PENSANDO AMÉRICA)

En recientes declaraciones a la radio extranjera y en relación a quienes
emigran de la Isla, la hija de uno de los líderes de la revolución
cubana ha dicho que “a pesar de haber elevado el nivel cultural del
pueblo cubano, todavía hay gente ingenua que se cree los cantos de
sirena”. Continúa argumentando contra los emigrados que los de la Isla
piensan que al llegar a EEUU, Ley de Ajuste mediante, van a alcanzar el
sueño americano de manera expedita. Y concluye con esta joya de
inconsciente acusador: “Es una cosa impresionante cómo pueden
confundirse todavía algunas personas con esto”.

Sucede que el pueblo cubano de nuestros días no es un pueblo culto.
Podría ser una población altamente instruida, pero no culta. La cultura
no se posee, se ejerce. Es un proceso de decantación de saberes, no una
sumatoria de estudios. El ejercicio de la cultura implica absoluta
libertad para buscar información, reproducirla, y propagarla sin más
limitación que la cordura y los medios para hacerlo. En pleno siglo XXI
Cuba está prácticamente desconectada de internet, la población solo
tiene acceso a periódicos oficialistas, canales de televisión y radios
nacionales, y sus bibliotecas públicas están desactualizadas, en ruinas.
Del mismo modo, tampoco tener todas esas condiciones hace per se, culto
a un pueblo: EEUU es un buen ejemplo de ello.

Es precisamente del Norte desde donde la hija del guerrillero refiere
los cantos de sirena. Omite el detalle de que tales coros vienen de los
cuatro puntos cardinales del planeta, y no engañan a nadie: Ítaca ya no
existe más. La mayoría de los retenidos en la isla-nave se destaparían
los oídos y saltarían gustosos al agua, así mismo, “incultos” y
“confundidos”; ellos quisieran, también, ser como esta Odisea viajera
que miente a medio mundo: “átenme al mástil revolucionario… pero por
favor déjenme oír esa música que tan bien suena”.

La rebelde por herencia nos recuerda una época que ella misma vivió,
cuando miles de adolescentes llenaron las becas —ESBEC, IPUEC, Lenin, y
Camilitos— de la Isla. Para favorecer la entrada a estas escuelas, lejos
de la familia y del barrio, se diseñaron uniformes elegantes; las aulas,
los teatros, laboratorios y predios deportivos fueron proveídos con todo
lo necesario; a los maestros se les hicieron tentadoras ofertas de salarios.

Aun así, el rigor de estudio y trabajo, y la separación de los padres
por una semana, fueron mucho para aquellos semi-niños. Entonces tuvo que
ser la coerción: el que se iba de la beca para una escuela de la calle
era un traidor, un blandengue; en la escuela de la calle no se estudiaba
bien, el nivel de los maestros era inferior, y los planteles carecían de
libros e instrumentos. Para colmo, decían que las carreras
universitarias estaban reservadas para los becarios. La beca lo era
todo; la calle, garantía del desastre.

Pero quienes dejamos las becas porque nos expulsaron o nos arriesgamos a
“perderlo todo”, sufrimos una suerte de choque: cuánta falacia y mala
intención hubo en aquella propaganda que limitaba escoger los propios
pasos. Sí, “la calle” podía ser más dura. Pero ningún guía te levantaba
para ir al campo o a las clases, nadie chequeaba las tareas, los
profesores faltaban, y a veces lo libros escaseaban. Ser responsable del
futuro propio tenía, para cualquier adolescente, una motivación
superior: el inconfundible y al mismo tiempo ambiguo aroma de la libertad.

Algo parecido sucede al dejar la beca-isla y llegar al exilio-calle.
Tras una propaganda mendaz, los “desertores” de la isla-beca pueden
sufrir un colapso inicial: hay matices, tonos, sombras y luces. Y a
veces la realidad es demasiado dura como para renunciar a conquistarla.

Del lado de acá no hay sindicato para defenderte, ni expediente laboral,
ni dirigente del Partido a quien rendir cuentas. No hay carros
“asignados” ni cuota de gasolina. No hay vanguardias, ni asambleas para
otorgar televisores, ventiladores, casas en la playa. En la Calle-Exilio
tienes trabajo hoy, y mañana puede que no. El nivel de salud y de
instrucción, así como la cultura y el deporte depende de cada individuo,
de cada familia. Pero mientras trabajes y obtengas el salario que
mereces y deseas, puedes tener acceso a todo lo que han prometido y
jamás han cumplido o cumplirán.

Curiosamente, una parte importante del llamado “hombre nuevo” cubano
vive hoy fuera de la Isla, en Miami, Madrid, Ciudad de México, Estocolmo
y Luanda. Las becas, paradójicamente, formaron hombres desobedientes,
con muchos recursos para sobrevivir en cualquier escenario gracias a
tener pocos valladares emocionales y éticos. Son sus fortalezas y al
mismo tiempo sus debilidades, aprendidas desde temprano en las madrasas
comunistas: no hay confusión posible cuando se sabe qué es la libertad y
cómo luchar por ella.

Source: La beca, el exilio y el hombre nuevo | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1498129469_32045.html

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